No quería ver el mundo, sino sentirlo, Puebla, Mex. Abril 2019

Para los que nunca han oído hablar de Puebla, esta ciudad colonial se encuentra en el centro de México a unos 2300m sobre el nivel del mar y está cerca de un volcán activo llamado Popocatépetl. Para Alemanes y/o los fanáticos de la industria automotriz, sí, VW tiene una planta allí.

Salí de la ciudad hace unos 22 años. No sabía que no volvería por tanto tiempo sino para visitar a mis padres. Cuando me fui, no sólo quería ver el mundo, sino también sentirlo. Es curioso ver cómo ahora, después de tanto tiempo, me propongo volver a sentir mi país y, con él, a mí misma.

Este viaje es diferente. No es como venir aquí de vacaciones durante tres semanas y querer visitar a la familia, los amigos, experimentar el país y la comida y descubrir nuevos lugares. Y por supuesto, buscar la relajación. En realidad, mucho para tan poco tiempo. Ya lo sé.
Esta vez estoy aquí. Eso es todo. No hay un horario planeado. El plan es no tener un plan y sólo disfrutar del lugar en el que solía vivir.

Estoy de vuelta en casa de mi mamá. Ella ha optimizado sus espacios para una sola persona y allí donde estaba mi habitación, ahora está su cocina. Recuerdo que estudiaba allí mientras estaba en la universidad… El espacio en casa es pequeño. Me doy cuenta a través del aumento de las discusiones con mi mamá. Obviamente, hace mucho tiempo que no estábamos juntas en la casa y de repente nos vemos día y noche. Ya no estamos acostumbradas. En realidad estoy en casa pero soy un huésped al mismo tiempo. Lo mismo de siempre, como cuando se regresa a vivir con los papás.

Una caminata diaria por el parque nos ayuda a ambas a relajarnos. Durante este tiempo, es más fácil sacar temas de conversación. Tengo tiempo para ver cómo ha cambiado el vecindario y para acostumbrarme de nuevo al sonido de la ciudad. Si hago deporte, prefiero hacerlo temprano por la mañana. Me encanta ver el despertar de la ciudad y observar cómo se llena de gente.

Después de un rato, disfrutando el bullicio matutino, regresamos a la casa a desayunar. En el camino, nos detenemos para comprar algunas cosas en la verdulería de la amiga de mi mamá. Estoy encantada de volver a ver frutas y verduras que ya había olvidado. Podría llevarme todas las guanábanas, mangos, guayabas, jícamas y todas aquellas que nunca había probado antes y comerlas todas a la vez. Y lo hago. La buena noticia es que todavía faltan algunas semanas para que esto se repita.

Sin embargo, hay cosas que no han cambiado. La mayoría de los vecinos siguen siendo los mismos. Los niños con los que jugué, ahora son adultos y con ello puedo visualizar cómo ha pasado el tiempo y lo viejos que nos hemos vuelto… Desde mi perspectiva, la vida aquí no ha cambiado realmente.

Mientras caminaba por “la colonia”, me he ido encontrando con viejos pero queridos amigos, incluso de la infancia. Simplemente dejo que suceda, me tomo el tiempo para hablar y aprovecho la oportunidad para pasar tiempo con ellos si es posible. Es curioso que a menudo me encuentro con las personas en las que he pensado antes en Alemania. Como si los llamara con mis pensamientos. Así que encontrarlos es especial.

La familia de mi padre es la tradicional familia Mexicana. No tengo un contacto muy cercano con ella y es tan grande, que apenas puedo tenerlos juntos cuando estoy en Puebla. Esta vez estaré aquí durante varias celebraciones familiares y podré volver a verlos a todos: a mis primos, a los que a veces no reconozco; a sus hijos, a los que no había conocido antes; a mis tíos y tías, a los que no he visto desde hace años. Estos encuentros son obviamente muy emocionantes y me divierto tratando de identificar sus caras y de recordar la última vez que nos vimos.

Mis padres han cambiado. Parecen cansados. Como no los veo tan a menudo, me doy cuenta de cómo se hacen mayores. Me alegro de estar aquí un poco más y de estar especialmente con mi mamá.

Cada vez que vengo a Puebla, voy al centro de la ciudad. A mi mamá y a mí nos gusta este lugar para comer. Está exactamente en el Zócalo. Me encanta este lugar. Como lo he caminado mucho, me trae muchos recuerdos. La mayoría de ellos se remontan a mi infancia. Era el lugar donde íbamos a comprar ropa, a comer durante el fin de semana, a comer dulces típicos, a visitar el restaurante de mi tío abuelo, al cine… Esos lugares ya no existen. Recuerdo que mi mami siempre decía “mira, yo compraba mis zapatos allí cuando era niña”. No se me olvida la zapatería Ponchito.
Muchas cosas siguen ahí. Pero este ya no es el lugar para estar en esta ciudad. Puebla ha crecido tanto, que hay una especie de punto de encuentro en cada nueva “colonia”.

El centro de la ciudad siempre ha sido bello pero se ve diferente. La catedral ha sido pintada hace un par de años, perdiendo mucho de su encanto de piedra. Por lo menos, ya no están apuntalados los edificios como fue depués del último temblor. Los vendedores de globos y los limpiadores de zapatos todavía dan un toque de color al paisaje. Almorzar en uno de los balcones de los portales frente al zócalo siempre nos ha iluminado la tarde. De ahí no tenemos que ver ninguna de estas feas tiendas de teléfonos celulares.

He cambiado. El sonido de la ciudad que me faltaba en Alemania, ahora me agobia. Por supuesto que la ciudad se ha vuelto más ruidosa de lo que era. Pero aún así, me gustan los sonidos típicos de mi infancia como cuando la gente pasa a vendiendo tamales u ofrece globos de colores con sus chiflidos especiales, o vende obleas tocando el triángulo.

Me hace falta más sombra, verde, flores y la vista lejana. A dónde quiera que dirijo mi mirada veo protecciones, paredes, columnas. Me siento como enjaulada. La ciudad se ha vuelto muy grande para mí en la medida en que he aprendido lentamente a amar y a disfrutar la naturaleza. Amo ese árbol grande y viejo en pleno zócalo. Si él pudiera hablar…

Ya no tengo cosas aquí, lo que me quedan son bienes intangibles. Me encontré con mis amigos de la escuela. Fue un hermoso viaje al pasado. Me sentí otra vez en la escuela. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Esos fueron buenos tiempos. Amigas, estuve feliz de verlas. Me conocen y no tengo que decir mucho, pero río lo suficiente.

Ver a los “viejos” amigos me alegra muchísimo. Cuando dejas tu país, parece que el tiempo se detiene. Te sientes exactamente como te sentías la última vez que los viste. Tu cerebro espera ver a los niños, de ese entonces, como eran cuando los dejaste de ver.

En México y en Europa se viven diferentes realidades. Mis amigos están abiertas a ello, aunque no nos vemos lo suficiente. La minoría ha venido a visitarme o nos hemos visto fuera de México. Muy lejos para coincidir… Son aquellos amigos que donde sea que nos encontremos ahí siguen y a quienes quiero ver una próxima vez.

Otra fuente de felicidad es la comida. Se ha convertido en una tradición comer tacos a la llegada a Puebla no importa a qué hora. Y no, esos tacos no están hechos con esas cosas raras que llaman “taco shells”, y tampoco conzco una buena receta para el “chili con carne” . Por lo menos no es un plato típico del lugar de donde soy, ni de ningún lugar en México al que yo he ido.
Mi siguiente paso: tortitas de Santa Clara. Hasta he tratado de hacerlas en Alemania, pero no pude pelar las semillas de calabaza perfectamente. Por eso los centros me quedaron verdes pero de sabor auténtico.
Claro que no me olvido de las cemitas, la barbacoca, los mixiotes, las quesadillas, las chalupas, las conchas,…

Tengo que decir que me siento como turista y descubro todo lugar una y otra vez. Tengo que aprender a ser un huésped. México es una parte de mi pasado y aún cuando no soy parte de su presente, es parte de mí. Quienes nos fuimos, no podemos visitar nuestro país y creer que todo pudiera hacerse mejor de lo que se hace. En realidad no es tan fácil.

Sin embargo, mis raíces están aqui en Puebla y estoy orgullosa de haberme convertido aquí en lo que soy ahora. Me llena compartir un pedacito de ella a donde quiera que voy.

Todavía me quedan aquí un par de semanas. Ya veré qué traen.

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